Siempre hay tebeos buenos ahí afuera

¿Por qué leemos tebeos? La respuesta es tan poliédrica como la cabeza de un Funko. Podemos hacerlo por un puro placer estético, por una composición de página que nos sorprende, un trazo agradable, una trama cautivadora…Pero hay también un componente importante de adicción al culebrón. Queremos saber qué sucede con ese héroe tras sesenta años sufriendo las mismas crisis existenciales, atrapados en una continuidad que es a la vez cárcel y refugio para los lectores. Nos movemos en el equilibrio entre encontrar cosas nuevas y mantenernos cómodos en terreno conocido, la dicotomía de la novedad frente a la nostalgia. Y también está el placer de descubrir conexiones entre autores, épocas y géneros, hilando una red de conocimientos en apariencia inútiles pero que nos colman. Sin ir más lejos, el otro día, leyendo una miniserie random de Tormenta porque Panini había decidido meterla en la cabecera de Leyendas de la Patrulla-X, me di cuenta de que Ann Nocenti conocía y trataba a los mutantes tan bien como el mejor Claremont, y que a ver si lo que añoramos del patriarca mutante no es porque se haya ido haciendo mayor, que también, sino por el hecho de que ya no tiene a Nocenti en labores de Editora. O toparme con el concepto de los Legionnaires en la parte final de la etapa de Giffen de los Cinco Años Después de la Legión de SuperHéroes y no dejar de encontrar paralelismos con la joven Patrulla-X de Bendis e Imonnen, dibujante que comenzó a ganar notoriedad precisamente en la cabecera principal del siglo XXX. Cosas que no van a ninguna parte, pero que hacen el trayecto más agradable.

Sin embargo, este nuestro hábito conlleva un peligro: la rutina. Llega un momento en que el lector viajado siente que ya lo ha visto todo, que las fórmulas se repiten y que el asombro ha sido sustituido por la inercia del completismo. Esta misma semana las novedades americanas semanales nos ofrecen un cruce entre Blade y Supergirl. Y muchas portadas alternativas. Bostezo. Es en ese punto crítico, cuando parece que el medio ya no tiene nada que ofrecernos y estamos a punto de claudicar ante el hastío, cuando ocurre el milagro.

Justo cuando crees que no queda nada por descubrir y estás scrolleando distraídamente por listados de otras editoriales, de repente te encuentras ese algo que te hace reencontrarte con ese sense of wonder que creías cauterizado.

Y no desesperéis, amigos de lo impreso, porque lo que os muestro seguramente tenga pocas posibilidades de cruzar el charco hasta nuestros lares. Más teniendo en cuenta que de que Scioli todavía esperamos que sus G.I Joe vs Transformers pasen de la lengua de Shakespeare a la de Chespirito. No hay que caer en el complejo de inferioridad editorial. Aquí también nos llegan maravillas capaces de cortocircuitar cualquier atisbo de aburrimiento y recordarnos por qué seguimos volviendo a las librerías cada semana.