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Para mí que va a ser…

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Valencianos, unidos, jamás serán vencidos

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[Gracias a Xisko que lo vio antes que yo]

UPDATE: este señor que nos hemos encontrado en Tuiter dice que él vota por la opción 2

Te salvarán el continuo cuando vuelvan de almorzar

Barcelona, 1963.

Era mediodía cuando Manuel se despertó en una habitación mugrienta y desordenada. En su habitación. Bueno, suya de momento, que ya iba para seis meses lo que debía si no le fallaban las cuentas. No recordaba bien qué había sucedido la noche anterior y tenía la boca pastosa. Por lo tanto era Domingo. Cinco días por delante hasta pasarse por la editorial para volver a cobrar. Pero para eso habrá que hacer algunas páginas. Abrió la nevera, sacó una manzana y una botella de cerveza y se puso a desayunar.

Dos cigarros después frente a las páginas a medio dibujar, comenzaron a venirle recuerdos difusos del día anterior. Por lo visto, había sido una de las buenas, por los bares de detrás de las Ramblas. Bastantes botellines, una buena cena, algo de música y luego, luego…no, no se había ido a buscar chicas ni nada de eso. Había conocido a una chica en un bar, una chica morena, pero no como las de siempre, esta era distinta, se la veía limpia, con clase. Del tipo que no se podría permitir. Pero fue ella la que se le acercó, la que le comenzó a decir cosas, la que…¿Qué otra cosa podía haber hecho Manuel sino dejarse llevar? Y tanto que se dejó llevar, a un sitio y a otro, y a otro, y subieron al ático a hacerse la penúltima y pasaron allí la noche y…

Se giró hacia la cama con la vana esperanza de que por milagro todavía estuviera por allí. Evidentemente no, se hubiera dado cuenta antes. En fin, otra cosa para la saca que por mucho que la fuera contando por ahí no le creería nadie. Otra más.

De tratarse de algún otro, ya estaría dando vueltas al apartamento para comprobar que no se había llevado nada al marcharse, pero para Manolo eso era lo de menos. Si había conseguido encontrar siquiera diez duros en ese guirigay de ropa por el suelo y platos en la mesa, merecidos los tenía. Y en cuanto a lo demás, nada de valor ni mucho menos suyo. Debió de haber estado bien, supuso, intentando revivir los detalles al tiempo que seguía dibujando.

Otra página. Y otra más. A ver si llegaba a veinte esa semana y se las cogían todas, que falta le hacían. Quería hacerle un buen regalo a su novia, por si acaso estaba molesta por no haber pasado a por ella anoche. Y algo también para su mujer, que con el chiquillo y eso siempre le venía bien algo de dinero.

Trabajando en Domingo, debería estar prohibido. En Domingo, en Lunes y en lo que fuera, malditos negreros. Estaba dando lo mejor de su vida, de su esfuerzo, de su arte, se forraban a su costa y le daban las migajas. Él merecía algo mejor, joder, vivir como un señor, sin problemas, y que se le reconociera el genio, que con cuatro garabatos al mes tuviera cubiertas sus necesidades y sus vicios. Eso, eso sería lo justo.

No se concentraba y sabía por experiencia que de mal humor no le saldría nada, así que comenzó a vestirse para salir. Tomaría el aire y alguna otra cosa, se despejaría. Y luego de vuelta a cumpllir como un reloj y sacar las páginas de los huevos. Sentado en la cama poniéndose unos calcetines limpios (era Domingo) se fijó por primera vez en el décimo de lotería sobre la mesilla de noche.

Vaya, eso era nuevo, era ella la que le había dejado algo ¡otra, otra cosa que tampoco le creería nadie! era un boleto del sorteo del día anterior, y hay que decir que se trataba de un número bastante feo: 02015. Se lo metió en el bolsillo del tabaco, cogió la carpeta por si volvían las musas y bajó a la calle.

Lo único bueno de los Domingos era que excepto bares y resturantes los demás comercios estaban cerrados, y no debía tener el cuidado habitual de evitar la calle del colmado donde había dejado a deber, la de la tienda de muebles, o la del sastre que le había confeccionado el traje que ahora mismo llevaba, arrugado pero bastante limpio.

Se dirigió al Tony, su sitio favorito para tardes así de pesadas. Estaba el camarero viejo y medio ciego, perfecto. Y su mesa favorita, la de al lado de la puerta, estaba libre y alguien se había dejado el periódico en la misma ¿se podía pedir más? pues por pedir, una cerveza, almendras y unas gambas, mozo.

Miraba el periódico entre trago y trago, notando como se le iba pasando el mal humor y la resaca. Una caña fresquita es la mejor medicina. Nada más que cotilleos y banalidades, como Dios y el Caudillo mandaban en un dominical. Así que sin nada mejor que hacer (¿ponerse de nuevo con las páginas? decididamente no era lo mejor) buscó las páginas con la cartelera, a ver si echaban cerca alguna sesión buena. Fue entonces cuando llegó a la página de la lotería.

02015. Primer premio.

No podía ser. Se palpó el bolsillo del tabaco, el décimo seguía ahí. Lo sacó lo justo para comprobar la numeración y la fecha. Era cierto, estaba pasando. La morenaza de la noche anterior le había recompensado con un boleto premiado.

Pasó casi instintivamente el pulgar por encima de los números para comprobar que la tinta no se corría; tendría gracia que precisamente él estuviera siendo la víctima de algún tipo de timo. Los números de la Fortuna permanecieron inmutables.

Menos mal que estaba sentado. Su semblante no mostraba ninguna reacción, pero la procesión iba por dentro. Todo le daba vueltas, las venas del cuello le palpitaban, y notaba un subeybaja en el estómago como la noria del Tibidabo pasada de revoluciones.

Ahí estaba, Su Oportunidad. Todo el dinero que siempre había querido le había llegado de la forma más inverosímil. Una cantidad suficiente como para ir a los mejores restaurantes y salas de fiestas durante meses. O mejor, para salir de allí, bastante para untar a alguien que le arreglara los papeles para coger algún avión bien lejos ¡al Caribe! o donde fuera que traían al mundo a aquellas mulatas de las revistas que le pasaban bajo mano. La vidorra padre.

No.

Esta oportunidad no se repetiría nunca y no debía desperdiciarla, era la buena. Si alguna vez podía volver a tomar el rumbo de sus cosas, era ahora o nunca. Podía volver con su mujer, esta vez para quedarse, y ver crecer al chiquillo, darle una educación. A las otras ya les diría algo, incluso podría regalarles algún pellizco para que se quedaran contentas y desahogadas. Se lo merecían. Bastante habían hecho ellas por él.

Pagarían la entrada de un pisito, encargarían un coche. Y por supuesto lo de los dibujitos y la vida bohemia se había terminado, buscaría un trabajo de verdad, algo estable. Se acordaba ahora de Ibáñez, que había dejado el trabajo en el banco para quemarse las pestañas echando una página tras otra de sus detectives o agentes secretos ¡pero si la idea de la pareja y los disfraces había sido suya! como también había sido la de lo bloque de pisos con los chistes, si hasta les había dibujado la plantilla de la casa… Cuanto más lo pensaba, más ganas tenía de romper con todo aquello, con las noches en vela trabajando a base de café y pastillas, con los pagos arbitrarios, eso no era vid
a. A tomar viento todo, tenía también desde hace un tiempo un tema para un personaje nuevo, agente secreto también, pero iba a olvidarlo todo bien pronto para comenzar una vida nueva.

Entonces fue cuando se dio cuenta de que ella le estaba mirando.

Tres mesas más allá, menudita y risueña, estaba sola y le sonreía con descaro. No había duda de que se dirigía a él ¿se habría dado cuenta de lo del boleto? imposible, apenas lo había sacado del bolsillo y desde donde ella estaba sentada no había podido verlo ¿se le estaba insinuando entonces? el traje nuevo debía estar dándole suerte, no encontraba otra explicación. Lo primero que haría en su nueva vida sería pagárselo al sastre. Si no fuera por la censura, lo que le estaba pasando daba para una historieta de Feliciano.

¿Debía abordarla? se lo estaba comiendo con la mirada, tras esa fachada de niña buena se adivinaba mucho pecado. Acababa de hacer propósito de enmienda, pero lo cierto es que no podría cobrar el boleto hasta el día siguiente, de manera que técnicamente ese día era todavía el último de su vida habitual y que menos que celebrarlo apurándolo hasta el último momento, un brindis a lo que había dejado de ser, una última farra.

Dejó de lado las cavilaciones, ella pareció tomar la iniciativa, se levantó y se dirigió hacia su mesa. Manuel apuró de un trago el medio vaso que le quedaba y vio como ella pasaba de largo y se dirigía hacia la puerta, saliendo de su vida, como esa última tentación que pasa por delante para confirmar que uno se ha hecho inmune a las debilidades de la carne. Pero antes de cerrar la puerta se giró y le miró una vez más.

Esa mirada.

Esa mirada. Hay gente que ha robado y matado por mucho menos de lo que había detrás de aquellos ojos. La puerta se había cerrado, pero Manuel saltó como un muelle de los que tantas veces había dibujado y carpeta en mano salió tras ella calle abajo. Lo primero que haría después de cobrar sería volver al Tony y pagar aquello, con propina y todo, qué demonios.

La tenía algunos metros por delante, y lo que estaba viendo le gustaba. No cargaba mucho de delante pero ahora se deba cuenta de que tenía buenos muslos. Mientras la seguía le volvían las dudas ¿debía ponerse a su altura, decirle algo?¿o ya era hora de pasar página y sentar la cabeza? una vez más parecía que el destino tomaba las decisiones antes que él, pues ella giró para meterse en un callejón de mala muerte, el truco más viejo del barrio, como se metiera allí iba a salir desplumado. Quién lo iba a decir,  parecía una mosquita muerta, no una de esas. Que lástima, aunque también podía estar equivocándose…Se quedó en la entrada del callejón, viendo como iba a doblar otra esquina y desaparecer para siempre.

Y fue al doblar la esquina cuando se le cayó el pañuelo del bolsillo de la falda.

Uno puede ser un Vivalavirgen, pero ante todo se es español y caballero. Entró en el callejón, recogió el pañuelo, dobló la esquina y sólo acertó a ver a alguién blandiendo un palo. Lo único que tuvo tiempo de pensar fue en su bigote, lo mucho que se parecía al de Don Furcio Buscabollos…

Tras el golpe en la cabeza cayó inconsciente al suelo sobre un charco, la carpeta fue a parar a pocos metros y se salvó del agua.

-En serio ¿el truco del pañuelo? ¡pero si es más viejo que el tebeo!

-Las armas de mujer son intemporales-contestó ella con una sonrisa.

Los tres se agacharon y le registraron rápidamente; ellá encontró el boleto premiado y lo cogió.

-Que decepción, pues no se parece a Santiago Segura.

-¿A quién decís?

-Un actor, hicieron una película sobre la vida de este hombre.

-¿Así el entretenimiento del cinematógrafo sigue vigente en vuestro tiempo?¿y hay españoles haciendo obras?

-Bueno, no es que el cine español sea muy popular, me quedé a verlo por la presentadora del debate de después.

-No será como en los fragmentos de siete minutos que me enseñaste aquella vez en el internete ¿verdad?

-Calla, calla, no, no era eso, no.

Iban a irse.

-¿De verdad tiene que ser así?¿tenemos que quitarle el boleto?

-Cuando se lo dieron ya conocían los resultados del sorteo, le tendieron la trampa para que dejara su oficio. Ahí donde lo veis este hombre es lo más grande, generaciones enteras nos hemos criado y educado con sus historietas, y otros autores salieron inspirados por él. Si lo hubiera dejado nadie sabe qué hubiera podido pasar.

-¿Tan importante es para vosotros ese entretenimiento de baratillo?

-Yo me crie con El Papus, no con el ABC. Cómo debe ser.

-Es una lástima. Adiós, Don Manuel.

Y cruzaron la puerta.

Madrid, 2015.


-Lo siento también por su hijo, los niños siempre merecen algo mejor.

-Encontró trabajo como rotulista en la misma editorial que publicaba trabajos de su padre, por lo menos durante un tiempo. El mundo es…como un pañuelo. Y tuvo muchos otros hijos con varias mujeres.

-Otro pichabrava, como vos decís ¿es que lo de la lujuria va con el artisteo o qué?

-Pues no lo sé, Alatriste, pero lo cierto es que…¡oye! ¿pero qué llevas?

-Unos pocos de esos pictoriales jocosos que traía el buen hombre en su cartapacio. Estaban tirados y era una pena que se echaran a perder. A fe mía que tiene buen trazo el bribón.

-¡No podemos traernos nada del pasado, Alonso! las consecuencias son imprevisibles.

-Exacto, hay que tener en cuenta el efecto marisopa, como un aleteo en un punto del tiempo puede provocar un huracán en un punto futuro.

-Y eso de la…marisopa ¿tiene acaso algo que ver con algún caldo elaborado por una mujer llamada María?

-No, marisopa, como el insecto ¿tanto guerrear por ahí no teneís tiempo para observar el campo o qué?

-¿Os referís al
coleóptero? a una mariposa, entonces.

-Ah, queda claro entonces.

-¿Cómo? no, no, tal vez en castellano antiguo lo llamaseis así, pero desde que tengo uso de razón la llamamos marisopa y…

Dejó de hablar y se quedó mirando fijamente la portada de la novela gráfica que había dejado sobre la mesa cuando salieron a la misión.

-La marisopa, la marisopa, la marisopa de las narices, mira lo que has hecho.

-¿Qué tienes ahí?

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-Una historieta que estaba leyendo ¡y ahora ha cambiado!

-Ya me parecía a mi que el bueno del Diego que conocemos era incapaz de hacer esos garabatos.

-No, Alonso, se refiere al autor, pero si es Javier Olivares como ahí dice…¿pero cómo ha podido hacerse dibujante? pero si es así entonces nosotros…

-No, es otro que se llama igual pero es otra persona. Bueno, eso creo.

Sin título-p1.jpg 


-Entonces ¿Cual es el problema?

-El otro, el guionista, antes de irnos a 1963 era otro.

-*GASP*

-Antes no se llamaba…Trajano Bermúdez.