In memoriam: Mike Wieringo

– …Así que bajo ningún concepto voy a conceder a su cliente el honor de pasar su Otra Vida jugando al ajedrez con la parca.

– Pero… señoría… usted es una mujer sensata…

– ¡Es más, por semejante muestra de soberbia le voy a condenar a pasar una temporadita en una celda estándar del purgatorio antes de volver a pasar por aquí para revisar el caso!

– Señoría… esto es un increíble abuso de autoridad. ¡Usted no puede…

– Este es mi tribunal, letrado, y aquí hago lo que me le dé la gana. ¡Sentencia dictada! Alguacil, retire al señor Svensen de mi presencia, por favor.

– Esto es una desfatachez. ¡Apelaré al Tribunal Supremo! ¡La denunciaré por prevaricación!

– Alguacil, pasemos al siguiente caso antes de que cambie de idea y envíe al señor Svensen al infierno por desacato a la sala. ¿Quién es el siguiente?

– Un tal Mike Wieringo, señoría. Estadounidense, 44 años, dibujante de tebeos, vegetariano, muerto de un ataque al corazón.

– Para que luego digan de la vida sana. No somos nadie ¿Quién es su abogado?

– Mohit Anniruddha, señoría.

– ¡Oh, Dios mío! Anniruddha, ¿eh? Hágalo entrar, alguacil. Cuanto antes empecemos con esto, antes acabaremos.

– Sí, señoría. Ya puede pasar, señor Anniruddha.

– Gracias, majo. Con su permiso, señoría, ante todo, buenos días.

– Buenas noches, Señor Anniruddha… Antes de empezar, me gustaría hacerle una pregunta. ¿Cuánto tiempo lleva usted asignado a mi tribunal?

– Eeeeh. Calculo que unos 163 años, señoría, pero no podría asegurarlo. Llevo bastante mal la cuenta del tiempo desde que, ya sabe… fallecí.

– Usted no eligió el destino voluntariamente como yo, verdad, ¿señor Anniruddha?

– No, señoría, mi trabajo como abogado de oficio en este tribunal es mi condena. Es mi purgatorio personal.

– Ya veo. 163 años es mucho tiempo para estar en el purgatorio.

– En efecto, señoría. ¿Le importaría que dejáramos de hablar de mí y…

– ¿Cuántos casos ha ganado, letrado?

– ¿Cómo dice?

– En su carrera como abogado de oficio en mi tribunal, ¿cuántas veces ha conseguido que aceptara la oferta de Otra Vida de alguno de sus representados?

– Bueno, este… Ninguna, señoría.

– ¿Está seguro de les asesora bien, letrado?

– A veces yo mismo me hago la misma pregunta, señoría.

– Es que la suya no es precisamente una buena estadística.

– No, no lo es. Pero, ya sabe, usted tiene fama de ser una juez extremadamente dura, y yo tengo una cierta querencia por las causas perdidas.

– Yo misma no lo hubiera expresado mejor. Espero que esta charla le haya ayudado a aclarar sus ideas, letrado. No quiero que me haga perder el tiempo como otras veces. ¿Qué me dice de este tal… Mike Wieringo?

– Es un buen hombre, señoría…

– Eso lo decidiré yo leyendo su historial, letrado. Al grano.

– Permítame recordarle que mi cliente era… es dibujante de cómics.


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– Ya lo veo. Spider-man, Flash, 4 Fantásticos… iconos populares americanos. Arte comercial. Entretenimiento barato para el gran público. ¿Era especialmente bueno?

– Bueno, nunca fue aclamado por su espectacularidad, pero lo cierto es que era un dibujante muy competente, dibujaba muy bien cualquier cosa, con una línea clara magnífica. Era un gran diseñador de personajes, sin duda gracias a su exhuberante imaginación, y con su dibujo conseguía dotar a sus personajes de una elegancia e inocencia que eran su marca de fábrica, aunque eso le granjeó ciertas críticas de infantilismo.

– ¿Pasará a la historia? ¿Saldrá su nombre en las enciclopedias?

– Me temo que no, señoría. Como la mayoría de la gente, se dedicó a intentar vivir una vida feliz haciendo algo que le gustara para poder ganársela.

– Bien, ¿y cuál es su propuesta de Otra Vida, letrado?

– Pues verá, señoría, la obra magna de mi cliente es un cómic llamado Tellos. Tellos transcurre en un mundo fantástico creado por su protagonista, un niño llamado Jared, cuando entra en coma debido a un accidente de coche.

– Algo parecido a lo que hacemos aquí.

– Así es, señoría, es como si el niño Jared al morir hubiera pedido al tribunal pasar su existencia en un mundo ficticio y a partir de ahí se hubiera creado el mundo de Tellos, lleno de personajes fantásticos que vivían aventuras. Y esas aventuras eran las historias que mi cliente contaba en su cómic.

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– No me diga más. Y su cliente querría pasar su eternidad en ese mundo ficticio de… ¿Tellos, me ha dicho?

– En efecto, señoría, ese es su nombre. Y en efecto, señoría, ese es el deseo de mi cliente.

– Claro, un mundo ficticio donde vivir correrías como héroe crápula, o quizás aventuras como un gallardo paladín… Su representado debería ser menos pretencioso, señor Anniruddha.

– Lo es, señoría. Usted no ha acabdo de entender… Mi cliente no quiere ir a Tellos para vivir esas aventuras, señoría, sino para dibujarlas.

– ¿Dibujarlas?

– En efecto, señoría, a mi cliente le gustaría pasar su Otra Vida dibujando las aventuras que no le dio tiempo a contar, señoría, así como viendo a sus personajes crecer, desarrollarse y poder dibujar sus nuevas correrías.

– Una propuesta audaz, desde luego. ¿La idea es suya o de su cliente?

– Supongo que en esencia, debería decir que es mía, señoría. Aunque lo cierto es que basta conocer a mi cliente para saber que es la propuesta que le haría más feliz.

– No es  tarea de este tribunal el hacer feliz a su cliente, sino hacer justicia.

– Lo sé bien, señoría. En todo caso, ¿cuál es su decisión?

– De momento, decido que voy a leerme bien el historial de su cliente y el escrito con la propuesta que supongo habrá formalizado correctamente, letrado.

– Así es, señoría.

– No se haga ilusiones, esto no quiere decir que vaya a aceptarla.

– No me las hago, señoría.

– Le avisaré cuando haya tomado una decisión.

– Esperaré pacientemente su sentencia, señoría.

– Y váyase y saque esa estúpida sonrisa de mi sala, señor Anniruddha.

– Como usted diga, señoría. Buenas noches.

– Buenos días, letrado. Y buen trabajo. Alguacil, ¿cuál es el siguiente caso?