Rentreesteza

Alguien dijo que las vacaciones no están para dejar de hacer cosas, sino para hacer cosas distintas. En mi caso, aunque por lo poco publicado por aquí parezca que me he estado tocando los narices, he ido leyendo esos materiales especiales que se suelen dejar para las grandes ocasiones. El material europeo en blanco y negro. Lo gafapasta, que también lo llaman.

Dos ucronías han caido: La Noche de siempre (Ramón de España, Montesol, y prólogo de Isabel Coixet) y Los Ignorantes (Étienne Davodeau).

Ucronías ambas, sí. La primera, publicada a principios de los ochenta, juega con las ganas de aquella juventud de beberse la noche, de salir, de ligar, de disfrutar, de querer hacer tan especial cada noche hasta el punto que todas terminan pareciendo la misma. Pero al mismo tiempo es un mensaje optimista, un canto a las libertades conseguidas tras el franquismo (época que entonces era considerada mala). Y esta es la ucronía que plantean los autores ¿Y si el franquismo no hubiera ocurrido?¿que habría sucedido, cómo hubiera cambiado la sociedad? pues según los autores, si no hubieramos perdido esos 39 años por el camino habríamos avanzado hasta el punto…

…de que en los ochenta contaríamos los chistes que en nuestro continuo son actuales en 2019.

Los Ignorantes es más ombliguista. Un tebeo que trata sobre hacer tebeos. De eso y de vino, como buen material francés. El autor se retrata a si mismo, y en estas lides asumimos que será inevitable que se dibuje más guapo, con menos tripa y con más pelo. Es una licencia artística universal (Monteys también lo hace) , aunque en este caso Davodeau extiende este manto de perfección a los amigos que aparecen en la obra. Esto convierte al también en una ucronía, en este caso una en que…

…una en que Gibrat suele entregar a tiempo.

Y así me ha ido el verano. He seguido también, por supuesto, revisitando los clásicos como cuando terminé la temporada pasada, e insisto en las que rumiaba entonces, en que Sinnott sabe cosas. No es normal que me entere más de la soterrada debacle de Ciudadanos en las Bibliotecas Marvel que en los medios.

De vuelta al tajo entonces. Yuju. Snif.

Ronanismo

Mucho se ha hablado de la efervescencia creativa de Stan Lee y Jack Kirby en los números 40-60 de los Cuatro Fantásticos, en los que salían como mínimo a concepto grandilocuente por número: Inhumanos, Galactus, Estela Plateada, Pantera Negra, Wakanda… Pero más allá de esa afortunada veintena de episodios no se quedaron mancos. De hecho, parece que lo que marcó la etapa molona del grupo fue la entrada de Joe Sinnott en las tintas, que fue mazando progresivamente al otrora científico canijo Reed Richards. Y si bien con la multiplicación de secundarios y subtramas hubo momentos en que debían dedicar páginas a cada situación (salto a los Inhumanos que siguen encerrados en el refugio, otro salto a Estela Plateada que se sigue lamentando, salto a ver qué tal les va a Jhonny y su amigo indio de la universidad que se han ido a buscar a Crystal...) y un tebeo se les hacía corto, de forma que tuvieron que ir a las aventuras de varios números, todavía encontraban momentos para condensar mucha cosa en pocas viñetas. Y esto es lo que sucedió en el número 65 de la serie (Agosto de 1969).

Inventarse una raza alienígena como los Kree para tener al enemigo del mes era pecata minuta, aunque ya en la segunda viñeta se les presenta vía sueño telepático la mismísima Inteligencia Suprema para adelantarles que va a ir un representante a canearlos. Un matón que no era otro que Ronan El Acusador.

Con ese sobrenombre, uno podría pensar que se pasaba el día señalando con el dedo y criticando, pero lo cierto es que además de largar mucho, tenía bastante buen ojo y criterio. Basta con ver cómo caló a la gente en cuanto llegó a nuestro planeta.

Un diagnóstico mordaz y certero por parte de un observador externo e imparcial (todo lo imparcial que pueda ser alguien que busque destruir la raza humana, entiéndase). Un mensaje claro que Lee y Kirby nos dejaron, pero que habiendo caido fuera de la veintena de episodios históricos quedó como algo menor y no caló tanto en el recuerdo. Cuánto hubiera cambiado todo en nuestras vidas si hubiésemos tomado en cuenta el velado mensaje que estos autores nos mandaron.

¿No lo crees así, Albert? ¿o diríais que Lieber y Kutzberg no eran más que un par de judíos fascistas?