El Urasawa de Forcall

La Línea Muerta.

Este nombre tan sugerente, que bien podría ser el título de una de Stephen King, es la forma que tienen los anglosajones de llamar a los plazos de entrega, tan temidos por tantos autores allende nuestras fronteras. En los sitios donde hay una industria donde entregar, mayormente.

Y es que las inmisericordes exigencias de la producción periódica en masa necesitan de un aporte continuado de material, sin huecos para trabajos no entregados o fechas incumplidas. Hay que alimentar a la Bestia sin pausa. Ante este panorama, los sufridos autores se las ven y se las desean para llegar en el plazo acordado con la cantidad adecuada de páginas para que la maquinaria editorial siga funcionando. Y para conseguirlo, terminan recurriendo a ciertos automatismos y trucos que les dan la experiencia y el oficio.

En los mercados americano y japonés, todo se traduce en una huida hacia adelante. Los títulos se plantean como series abiertas sin un final determinado, sagas-río en los que no se ve más adelante que los próximos episodios, siempre con un ojo atento a las cifras de venta que son las que dictarán si hay que inventarse un final más o menos apresurado o por el contrario hay que aguzar el ingenio para seguir tirando adelante sin repetir argumentos (o, si se hace, que no se note demasiado).

Podría pensarse, al no haber industria que alimentar, que todo esto no afecta al autor que publica en nuestro país algo de tanto en tanto, pero no conviene olvidar que hubo un tiempo lejano en que había un mercado comiqueril en España. Un mercado de tebeos, un rodillo de amasar páginas y viñetas que necesitaba del trabajo constante de autores que sudaban tinta para no pillarse los dedos con los plazos, y poder entregar algo en la editorial para ganarse el modesto sueldo que les ofrecían. En el caso español, para complicarlo más todavía, no podían relajarse como americanos o japoneses con episodios de transición o interludios con cambios de argumento, pues mientras estos últimos disfrutaban de plazos mensuales entre episodios o de decenas-centenares-miles de páginas por entrega-tomo-saga, el yugo Brugueriano había impuesto el estándar del chiste semanal autonclusivo de una sola página. Que puede pensarse que cuatro páginas al mes no es tanto, pero debemos tener en cuenta de que si el autor aspiraba a cosas como comer caliente al menos una vez al día o mantener una familia debía tener un cupo activo de al menos tres o cuatro personajes a la vez en las distintas publicaciones de la editora.

Y aquí, ante la página única como unidad narrativa completa, es cuando el autor se la juega.

Porque cuando te planteas una macrosaga o una serie de samurais en varios tomos, todo es comenzar, ir rodando, creando personajes, desarrollándolos, y el propio devenir de lo que uno va ideando y el gusto de los lectores terminarán por decantar la serie potenciando unos aspectos u otros. Uno puede pensar una serie sobre la búsqueda de unas bolas de dragón, por ejemplo, pero con el paso de los episodios darte cuenta de que lo que gusta a la gente son los torneos de artes marciales y los zurriagazos, de forma que terminas tirando por ahí. Y lo cosa se va alargando sin tener un final claro proyectado, y si te atascas en algún momento estiras la trama para darte a ti mismo un mes o dos de margen (lo que tarde Namec en explotar) para pensar por dónde tirar. Y a lo mejor llega el momento del final y no es ni mucho menos un final cerrado ni redondo, pero lo que suele decirse en estos casos es que lo importante no es a dónde se ha llegado sino lo mucho que se ha ido disfrutando por el camino. En este sentido Naoki Urasawa, con su dos obras principales Monster y 20th Century Boys, es un buen ejemplo de autor de desarrollos apasionantes y finales por peteneras. Las conclusiones de sus obras te deján ojiplático ("¿ya está?") pero el desarrollo ha dejado tan buen sabor de boca que se perdona, se consiente, y hasta se le da una nueva oportunidad con cada obra que saca sabiendo que seguramente volverá a hacerte lo mismo.

Pero nada de esto se aplica a los autores de Bruguera, que tiraban adelante sin paracaidas con el piloto automático puesto haciendo su chiste de un personaje, y nada más terminar enganchaban con otro, y con otro, sin tiempo casi de reflexionar, improvisando una y otra vez sobre la marcha sin margen para el error, pues de equivocarse volver a empezar la página no era una opción dado lo apurado de sus plazos y lo exiguo de sus pagas. Tenían tanto oficio que este atropello casi no se notaba y cumplían sus plazos con la eficiencia que da la necesidad. Pero de vez en cuando sucedía que el chiste se les iba por los cerros de Úbeda y había que tirar la página adelante igualmente ¿qué hacían en ese caso?

Para verlo, vamos a hablar de uno de estos autores, José Peñarroya.

Debo reconocer que me extrañé cuando me estuve documentando y me enteré de que este autor era de la Comunidad Valenciana (más concretamente, castellonense), pero una vez sabido esto todo me cuadraba mejor. Pues personajes como Pepe el Hincha o Don Berrinche hunden su forma de ser en lo más hondo de la filosofía valenciana. Con el caso del personaje más famoso de Peñarroya, Don Pío, tenía sentimientos encontrados, pues el nombre del personaje me traía a lo más profundo del sentimiento blavero por el humorista que heredó su nombre…

…pero no me cuadraba esto con el personaje en si.

 

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Tan recto, estilizado, modoso, discreto y apocado, con la mujer tan señora y arreglada. Quedaba todo muy poco aparente para la forma de ser del terrreno.

Pero todo me cuadró gracias a los extras que traen los libros del master packageador Antoni Guiral, ese hombre capaz de sacarte diez euros por recopilaciones de tebeos viejos y dejarte con la sensación de que es hasta barato. Ahí pude ver el diseño inicial de Don Pío y ¡ché! esto ya es otro cosa, collons.
 

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Aquí si vemos al orondo masover con la mujer bien pechugona y los andares bien rumbosos que caracterizan al hombre de l’horta. Si es leer el bocadillo y entran ganas de pronunciar "cabesa" El germen del que se nutren las novelas de Blasco Ibáñez u Obras Maestras del séptimo arte como El Fava de Ramonet o Visanteta esta-te queta. Un milhomens capaz de convidar a toda la parroquia del bar a un all i pebre al grito de "¡esto lo pago yo!&q
uot; a sabiendas de que no tiene ni un real en el bolsillo (y quien dice un all i pebre dice una Copa América, un campeonato de Fórmula 1 o un aeropuerto más o menos). Un ninot de falla de papel y tinta.
 
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Lo que pasa es que con los años los autores acomodan su dibujo y trabajan menos, de ahí que se fuera perdiendo el detalle y la curva. Los analistas lo llaman sintetizar y buscar un estilo propio, pero en el fondo es vagancia. Por eso ya no se hacen tantas rayitas como en los noventa.

El personaje de Don Pío estuvo en el candelero desde 1947 hasta 1975. Muchas semanas y muchas páginas, en las que el autor corría a veces el riesgo de repetirse.

 

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Pero hay que indicar también que pese a que los planteamientos de algunas de sus historias pudieran parecer similares a algo que ya había hecho antes…

 

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…era el giro final el que presentaba alguna variación que lo diferenciaba.

 

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Estos caso son parecidos al de autores japoneses que manejan cupos de personajes y sagas clónicos pero con pequeños matices que los distinguen. Niguna queja a este respecto (vaya, nunca he oido a nadie protestar con algo como "¡la cuarta aventura del tomo dieciseis de Ranma es muy parecida a la séptima aventura de su cuarto tomo!", aunque igual la memoria del pez del lector medio también juega a favor de los autores).

Sin embargo el ejemplo que sigue es especial, se trata de una aventura en la que el autor se mete en un atolladero y fintando en una baldosa consigue salir de él de forma sencilla y elegante. Vaya, casi podría asegurar que si no os pongo en antecedentes ni os hubiérais dado cuenta. Ahí va.

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La aventura comienza ya plantando el problema, es lo que pasa cuando cuentas tan sólo con una página ¿qué ocurre, Benita, por qué pías, te tragaste un pájaro o qué?
 
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No, se trata de un ratón, por lo que el solícito maridín avisa al médico.

 

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(aprovecho para explicar a los más nuevos que el artefacto por el que se comunica Pío es un teléfono de la época, igual algunos habéis visto uno en casa de vuestros abuelos. Funcionaban mediante cables y al no disponer de superficie táctil se accedía a los números girando un díal, proceso que ha dado lugar a expresiones que pese a su arcaicidad se siguen usando como "marcar un número" o "Dial H for Hero". Es el mismo principio por el que hoy día se sigue diciendo "tirar de la cadena" a la acción de oprimir un pulsador del inodoro)

El médico llega y se encuentra con una situación inesperada que será la que desembocará en el chiste final.

 

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Chiste que cuando llega despierta divergencia de opiniones. O lo odias o no lo entiendes.

 

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No culpen al traductor, ni hay juego de palabras y el original era en castellano. Se ve que el autor se encontraba espeso aquel día, o mientras lo iba haciendo en su cabeza tenía sentido, o la mistela del tío Chato pegaba fuerte a la cabesa, o…el caso es que lo que se dice redondo no le había quedado el chiste, pero tenía una viñeta todavía para resolverlo.

Así que antes de scrollear para saber la solución, amigo lector, piensa para saber qué harías tú en su situación para arreglarlo. Y si los conceptos que más han pasado por tu cabeza han sido mefistazo o reboot….

 


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…que sepas que acertaste.

Y es que en las distancias cortas es cuando el autor se la juega. Y lo que importa no es tanto llegar al final como disfrutar del camino, recordAdlo!

Y lo dejo aquí que en mi cabesa suena bien.

3 comentarios en «El Urasawa de Forcall»

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