D de Domingo, D de Defensa: 33

(por Bac Hylon, del que nos olvidamos publicárselo cuando tocaba)

Por todos es sabido que los cómics de los 90 no hubieran sido lo mismo sin Rob Liefeld. A él le debemos la auténtica revolución del noveno arte a la que toda una generación de jóvenes promesas no dudó en apuntarse. A él le debemos también la creación de dos de los personajes más carismáticos de la Marvel mutante de entonces, Cable y Deadpool (Masacre, Muertopiscinas… ¿acaso una rosa dejaría de oler igual si se llamara de otra forma…?).

Sin embargo, las malas lenguas, las envidias, perfidias y luchas intestinas por el poder en Marvel provocarían que nuestro querido Liefeld abandonara ese barco, antes incluso de que las propias ratas comenzaran a hacerlo, en busca de nuevos pastos verdes que explotar. Una tremenda pérdida para los marvelitas, que vieron cómo éstas sus dos creaciones eran impunemente maltratadas por guionistas y dibujantes sin el mínimo ápice de genialidad que caracteriza a Rob.

Pero como siempre ocurre en este mundo, a cada cerdo le llega su San Martín. O dicho de otra forma, rectificar es de sabios. A los mandamases de Marvel les costó 12 largos años, pero al final supieron reconocer dónde había quedado la grandeza, y qué o quién era lo que necesitaban para relanzar a dos de sus grandes pilares mutantes. Por supuesto, nos referimos a Rob. El público demandaba que el autor retomara a sus personajes y les devolviera el papel fundamental que ambos jugaban en el Universo Marvel. Y bastó con que dibujara una portada. Esta portada.

Un pequeño vistazo a la misma es suficiente para captar todos los mensajes que Rob nos lanza mediante la misma. A los incultos e infieles les parecerá el mismo perro con distinto collar, un collar de coloreado por ordenador. Qué insuficiente, qué corta es su visión de la realidad, pues Rob no hace sino reafirmarse en el verdadero carácter que ambos personajes debieran tener, el mismo que él les imprimió en el momento de su creación.

El fondo coloreado por ordenador expresa el explosivo y fulminante regreso de Rob para recuperar a sus creaciones, a Cable y Muertopiscinas.

Por lo demás, todo está ahí. Nada ha cambiado, y todo es nuevo. Grandes armas, músculos tensos, bolsillos, ojos brillantes, líneas dinámicas para realzar el relieve de las figuras, para dotarlas de tridimensionalidad… No falta nada. Excepto los pies, quienes muchos consideran la asignatura pendiente de Rob. De nuevo, fracasan miserablemente en su vil intento de atacar al talento del artista, pues, de nuevo, todo obedece a un nuevo mensaje subliminal. ¿Quién no conoce la expresión de “Gigantes con Pies de Barro”, con la que se pretende expresar que todo coloso cuenta con un punto flaco que, al tiempo, provoca su caída? Los personajes de cómic son gigantes en su mundo, son seres adorados, idolatrados incluso, por los aficionados. Pero, una vez que su tiempo ha pasado, caen en el olvido, caen como colosos a los que les fallaran los pies. De barro, no lo olvidemos.

Rob, una vez más, nos demuestra que sus personajes están mucho más allá de todo eso. Oculta a propósito los pies, para reafirmar así la idea de que ellos continuarán ahí mucho tiempo después de que todos nosotros hayamos desaparecido. ¿No estamos acaso viendo cómo Cable y Muertopiscinas, pese a deambular sin rumbo de un sitio para otro, lejos del toque de Rob, han vuelto a resurgir, a renacer de sus cenizas, gracias a dicho toque? ¿Acaso no son claras las señales?

Y eso no es todo. El avezado lector observará cómo parece haber una marcada desproporción entre el tamaño de Cable y el de Muertopiscinas, cuando por cuestiones de perspectiva, debiera ser al contrario. Error. Ésa no es la perspectiva que debemos usar. ¿Qué fue antes, Cable o Muertopiscinas? Pues Cable, por supuesto, Rob lo creó primero a él. Y ya algo más tarde aparecería Muertopiscinas, como un acérrimo enemigo del primero. Pues he ahí la grandeza del dibujo, en la que Rob también nos traslada esa relación de causa y efecto entre ambos personajes. En la imagen, podemos ver como Cable está “dando a luz” a Muertopiscinas, cómo éste parece surgir desde detrás de las partes nobles del primero, en un símil de cómo la aparición de Cable dio lugar en últimas circunstancias al origen de Muertopiscinas, al igual que Afrodita surgió de la espuma de las cercenadas gónadas de Urano. Nótese además la forma ovoide de las piernas de Cable, como albergando a su criatura recién nacida ¿No es cierto, por tanto, que estamos de nuevo ante una nueva genialidad del maestro?

Por último, Rob es mayestático, es grandioso y magnánimo, pero no olvida. No olvida los sinsabores del rechazo de Marvel a su obra, de cómo ésta fue pervertida y ultrajada, reducida a una triste parodia, durante su ausencia. Y por eso les deja un mensaje a sus detractores, usando aquello que mejor sabe dibujar. El arma de Cable. Si bien el personaje la tiene asida con ambas manos, apuntando a algún lugar indefinido hacia la derecha, también podemos observar cómo, mediante un recurso artístico que le permite deformar la perspectiva, el arma apunta también al frente. Es un mensaje, como decía, del propio Rob hacia sus enemigos, con el que les deja claro como el cristal que, “no importa dónde os escondáis, si ofendéis a Rob, lo pagaréis muy caro. AVÏV BÖR!”.


(¿y en la próxima entrega?)

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