Era Museo y sin embargo Pedía

Cuando menos te lo esperas descubres que poner los piés encima del escritorio es peor idea de lo que pensabas, por ejemplo, por el almuerzo que estaba debajo. Si eso os parece malo esperad a que se introduzca en vuestro despacho una clienta misteriosa. 

– ¿Cómo le ha dejado pasar mi secretaria?
– No hay nadie ahí fuera.

– Si sólo fuera en eso en lo que se parece a los alienígenas… Se habrá tomado un descanso a cuenta de las vacaciones, total no pienso pagarle ninguna de las dos.
– ¿Alguna vez deja hablar a sus clientes?

– Sólo a los que me pagan, así que no es lo más habitual. ¿Buscaba algo, ricura?
– A un homínido superior que no sea condescendiente…
– La central de citas es en la puerta de al lado, guapa.
– Mire, hay mucho dinero en juego y me gustaría que usted lo encontrara.

– Tela, eso me va gustando más.
– ¿Qué sabe del Museo del Cómic?

– Lo mismo que todos los demás: Nada.
*Suspiro*
– Mire, la iniciativa de un Museo del Cómic nació…

BLABLABLABLABLABLABLABLABLABLABLA

 
Veía cómo movía su delicada boquita, como mecía sus manos y cómo señalaba repetidamente hacia donde yo me encontraba pero decidir en qué emplear el dinero que estaba a punto de pescar era mucho más interesante. Además, ¿a quién podía importarle un pijo algo como un Museo de la Historieta?

– ¡¿Le ha quedado claro?!
– Cristalino.

– Pues localice todo ese dinero y veremos con qué se queda usted.

Lo primero que tenía que hacer estaba claro, descubrir dónde estaba ese Museo y quién estaba a cargo. Por suerte mi secretaria volvía de comer, como demostraba el sonido de unos tacones culpables subiendo por las escaleras. Si en algo podía confiar era en su pericia para encontrar la información que necesitaba, podía ser rubia pero sólo era gracias al peróxido.


– Muñeca, ¿qué tal ese almuerzo? Por cómo moviste los tobillos debió ser abundante.
– Vete a la porra, estúpido.
– Sigue así y acabarás siendo despedida. Y sin finiquito.
– Con que me pagues los atrasos me conformo.

– Hazme un buen trabajo y son tuyos.
– ¡Soez!

– Que no, nena, que tengo que encontrar nosequé dinero del Museo del Cómic.
– ¿El qué?

– Eso he dicho yo. Hale, mira a ver qué encuentras…

Al cabo de unos minutos y una búsqueda en Internet pudo llegar hasta una web de un Museo

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Si es que eso era un Museo

Desde luego no parecía que hubiera dinero por ningún lado, y lo único que podía hacer era pensar en copiar compulsivamente la información que iba encontrando allí.

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Resultaba difícil dar crédito a lo que iba recopilando, sobre todo porque no hay forma de entender quién o qué quiere todo aquello.

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No podía ser este el Museo que estaba buscando… Necesitaba información fiable y de primera mano, obviamente esta web debía ser de un Museo del Cómic en lugar del Museo del Cómic, Esas cosas pasan. Así que llamé a mi contacto en la comisaría pero me dijo que para eso mejor llamar a la Cárcel y para allí me dirigí:
 
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Parece que la trama estaba complicada, por suerte uno siempre puede esperar que haya algún confidente que pese a su pinta, su paranoia y su tendencia a contradecirse nadie es tan creible para lo increible como Joan Navarro.


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Había que ordenar toda la información, tenía que encontrar una Guía
 
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Necesitaba una conclusión y debí imaginar a dónde nos llevaría todo ello

 
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Mientras las buenas gentes del Mundo del Cómic debatían con el verbo frío y la sutileza habitual sus planes para el Museo, estableciendo con enorme sangre fría los contextos, extensiones y finalidades del proyecto tal y como se puede ver en este gráfico:
 

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Al parecer el Museo haría tanto por conservar el cómic como Mofly, el último koala por las especies en peligro de extinción.

El dinero estaba allí dónde siempre había estado, podía llamr a mi misteriosa cliente y contárselo. Sólo temía dos cosas, que mi misteriosa dama fuera, en realidad, la Ministra Sinde -¿Tiene nombre o se llama sólo Ley?- y que pretendiera pagarme con lo que sacara de allí. Porque el dinero sólo estaba en la imaginación del que escucha. Nunca estuvo realmente allí, no se puede reclamar lo que nunca se ha tenido y si bien era un sueño ver construido este museo parece que el despertar estaba a la vuelta. 

Odio estos finales, es como volver a vivir el Caso de la Academía del Cómic. De hecho, este final debería pagarle derechos de autor al otro. Glups, ahora sí que temo que mi Mujer Fatal sea Ley.

Al final sólo otro caso que no cobraría, y muchas dudas en la cabeza, de las que sólo había una resulta cláramente: ¿Para qué sirve un Museo del Cómic?

Pues para organizar comidas y hacer turismo. 

Un comentario en “Era Museo y sin embargo Pedía”

  1. ¡Malditos catalanes anarroseadores! La palabra “foráneo” es exclusiva de los canarios, que la usamos para referirnos a vosotros los peninsulares y que vuestros fachas nos aplaudan creyendo que hablamos de inmigrantes de fuera de España.

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